Guerra de Afganistán 1989.

La Guerra de Afganistán (1979-1989), la última intervención militar soviética en el extranjero, terminó, hará mañana domingo 20 años, con la retirada de las tropas, fiasco que es considerado uno de los detonantes de la caída de la URSS.

“Combatíamos a un enemigo invisible. Nunca luchamos a campo abierto, donde los hubiéramos derrotado. Emboscadas, montañas y un calor sofocante de hasta 60 grados”, señaló a Efe Víctor Yershov, enfermero de campaña destinado a Afganistán en 1984-85.

Yershov, que aterrizó en Kabul con 18 años de edad, fue uno de los más de 620.000 soldados soviéticos que combatieron durante una década a ese “enemigo invisible”, los muyahidín, guerrilleros financiados por la CIA estadounidense.

El propio Zbigniew Brzezinski, asesor del presidente norteamericano Jimmy Carter, ha reconocido que Washington tramó contra el gobierno comunista local para provocar la intervención y convertir a Afganistán en el “Vietnam ruso”.

Las tropas rusas pisaron oficialmente Afganistán el 27 de diciembre de 1979 y lo abandonaron definitivamente el 15 de febrero de 1989, varios meses antes de la caída del Muro de Berlín.

En su momento, la invasión soviética fue vista en Occidente como un descarado intento de Moscú de hacerse con el control de Afganistán, un cruce de caminos por el que han pugnado las principales potencias desde Alejandro Magno.

No obstante, el Kremlin rechazó hasta diez peticiones de las autoridades afganas antes de decidirse a enviar sus tropas y cuando lo hizo, nunca se planteó la ocupación del país, sino preservar al régimen comunista, en el poder desde 1978.

“Nuestro ejército nunca fue ocupante. No combatimos al pueblo afgano. Liquidamos grupos terroristas y toneladas de drogas, construimos puentes y carreteras”, señaló recientemente el general Borís Gromov, el comandante del contingente militar en Afganistán que orquestó la retirada de las tropas.

Gromov, actual gobernador de la región de Moscú, reconoce que la intervención fue “un error”, aunque califica de “humanitaria” la operación, pese al más de un millón de afganos que murieron bajo los bombardeos soviéticos.

“Nos explicaron que se trataba de una operación de asistencia internacional a Afganistán. Cuando se me ocurrió ponerlo en duda, el comisario político me dijo que no hiciera esa clase de preguntas”, apunta Yershov.

Según los archivos soviéticos hoy desclasificados, los generales desaconsejaron el despliegue de tropas en Afganistán, pero el Politburó comunista prefirió hacer caso a los informes del KGB, que alertaban sobre la creciente presencia de EEUU en la zona.

Los militares mantienen que el KGB manipuló los informes sobre la situación en la zona, a lo que contribuyó el precario estado de salud del entonces líder soviético, Leonid Breznev.

Como resultado, el Ejército soviético se encontró al poco de llegar a Afganistán con que no estaba preparado para una guerra de guerrillas, ya que el armamento pesado es casi inservible para combatir en las montañas.

El corresponsal del diario oficialista “Pravda” escribió en una de sus crónicas en 1981 que “en las circunstancias más favorables, la guerra de Afganistán no se ganaría ni en cinco años”.

Estas críticas, sumado al entorno hostil y al desapego de la opinión pública soviética, para la que la guerra marcó una de las páginas más trágicas de su historia, afectó a la moral de las tropas.

En 1984 el primer ministro afgano, Mohamed Tarki, seguía pidiendo a Moscú que lanzara nuevos ataques contra las posiciones de la guerrilla para “”salvar la revolución”, pero era demasiado tarde.

La llegada de Mijaíl Gorbachov y de la Glasnost (Transparencia) al Kremlin puso al descubierto los errores cometidos: “Si enviamos 200.000 tropas, todo el sistema se derrumbará. La retirada es la única opción”.

“Nadie invitó a los estadounidenses a Vietnam, mientras las tropas soviéticas fueron enviadas a Afganistán tras innumerables peticiones del legítimo Gobierno afgano”, rezaba el comunicado sobre la retirada del Mando Militar Soviético en Afganistán.

Yershov, que combatió en la región que rodea Yalalabad en 1984 y 85, considerado el año más sangriento de la guerra, cree que los “estadounidenses también se retirarán, tarde o temprano, de Afganistán”.

“Ha llegado la hora de dejar en paz militarmente a Afganistán y dedicarse sólo los problemas económicos. Lo que EEUU hace ahora allí no tiene futuro. Allí por la fuerza no solucionas nada. Con los afganos es mejor decidir todo por las buenas”, señala Gromov.

Según datos oficiales, el Ejército soviético perdió cerca de 15.000 hombres en Afganistán y decenas de miles regresaron enfermos, mutilados y heridos en su orgullo.

Los veteranos de Afganistán, que buscan el mismo reconocimiento social que los que combatieron contra la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, serán recibidos el domingo en el Kremlin.

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